IA y el mundo rural: Expusimos en OECD Latin American Rural Development Conference: Rural-Urban Connections: Pathways to Sustainable Development
Este es uno de los pocos espacios globales donde la política pública rural se discute con el peso institucional que merece. No es un seminario académico ni un evento sectorial: es el lugar donde gobiernos, organismos multilaterales y organizaciones de todo el mundo comparan marcos, tensionan modelos y definen agendas.
En noviembre de 2025, ese espacio estaba atravesado por una pregunta que se volvió inevitable: qué hacer con la inteligencia artificial en los territorios rurales, y cómo evitar que una tecnología con enorme potencial se convierta en un factor más de desigualdad.
El 26 de noviembre, la sesión "Harnessing AI for rural innovation: the role of rural-urban linkages" reunió a cuatro panelistas para examinar justamente eso. Ana Célia Castro, directora en la UFRJ y deputy coordinadora del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Políticas Públicas, Estrategias y Desarrollo de Brasil; Gareth Makim, principal de Estrategia Rural del Departamento de Desarrollo Rural y Comunitario de Irlanda; y Riana Lynn, CEO de Journey AI en Estados Unidos. La sesión preguntó cómo puede la IA catalizar innovación e inclusión rural, qué rol juegan los vínculos entre ciudades y territorios para diseminar tecnología y datos, y cómo deberían diseñarse políticas que promuevan redes —formales e informales— capaces de sostener esa adopción en sectores como agricultura, logística y salud rural. También se puso sobre la mesa el riesgo más obvio: que la conectividad débil no solo limite el acceso, sino que amplíe brechas que ya son profundas.
Fuimos invitados a esa conversación a través de Cristóbal Escalona, Gerente General de Fundación Acción Colectiva, convocado como panelista y como voz latinoamericana en un panel predominantemente del norte global. La perspectiva que llevamos no era abstracta: es la que surge de trabajar con comunidades y organizaciones en contextos donde los recursos son limitados, la infraestructura es irregular y la innovación, para que sirva, tiene que funcionar en condiciones reales. América Latina tiene décadas de experiencia en innovación frugal, en articulación territorial, en construir conocimiento que sea accionable sin depender de condiciones ideales. Eso es exactamente lo que una conversación sobre IA rural necesita escuchar, aunque no siempre lo busque.
La innovación rural no puede diseñarse desde lejos, y la perspectiva del sur no es solo un complemento geográfico: es una fuente de conocimiento contextual que cambia las preguntas antes de responderlas. Estar ahí no fue solo participar de un debate; fue también recordar que ese debate tiene puntos ciegos que América Latina puede iluminar.
El concepto de leapfrogging que propuso Castro resonó con fuerza en ese intercambio. Los territorios rurales de América Latina no están esperando ponerse al día con el norte global: tienen condiciones propias —redes comunitarias construidas a fuerza de necesidad, conocimiento local acumulado, articulaciones informales entre actores— que no son déficits a superar sino materiales con los que se puede construir algo distinto. La pregunta relevante no es cómo hacer que los territorios adopten inteligencia artificial, sino cómo hacer que la IA sea útil a lo que ya existe: las redes, los saberes, las formas de organización que en muchos casos sostienen la vida rural donde ninguna política pública ha llegado de forma sostenida.
Lo que se discutió en noviembre en la OCDE sobre IA y ruralidad no queda en los archivos de la conferencia; llega a las preguntas que nos hacemos sobre innovación, articulación y comunidades con desafíos complejos.